Jugando a ser fotógrafo.
Hay una pregunta que me han hecho varias veces y que, con el tiempo, he aprendido a responder sin rodeos: ¿eres fotógrafo profesional?
La respuesta corta es no. La respuesta larga es esta entrada.
Todo empezó en 2013, en medio de unas vacaciones. Mi cámara compacta dejó de funcionar, encontré una oferta, y sin pensarlo demasiado me hice con mi primera réflex. Lo que vino después no lo planeé. Simplemente pasó. En casa siempre había habido una cámara, aunque apenas la usé durante años, pero ese momento fue el detonante de todo lo que ha venido después.
Desde entonces hago fotografía. Pero mi modus vivendi es otro. Tengo mi trabajo, algo de inversión, y la fotografía es ocio. Ocio que disfruto, que cuido, y al que le dedico tiempo de verdad, pero ocio al fin y al cabo. Como hay quien se aficiona al ciclismo y se compra una bici buena porque le apasiona pedalear, yo hago editoriales y colaboraciones de moda porque es lo que me gusta. No vivo de esto, ni me lo planteo. La web existe porque hacer fotografía y no poder mostrarla no tiene mucho sentido.
Lo que más disfruto es trabajar con diseñadoras. Me gusta ver cómo piensan, cómo trabajan, la creatividad y la pasión que hay detrás de cada prenda. Hay algo que la mayoría de la gente no ve: las horas y horas que se invierten en cada pieza, el dinero que se arriesga, el trabajo silencioso que nadie aplaude. Yo lo valoro, y creo que por eso encajo bien en ese entorno.
Normalmente soy yo quien da el primer paso. Muchas de estas diseñadoras están empezando, no tienen los contactos, o simplemente no se han atrevido a pedir colaboración a ningún fotógrafo. Tiro de Instagram, de perfiles de agencias, de desfiles. Entro directamente, sin intermediarios, porque en estas colaboraciones no participan las agencias de todas formas. Es mi nicho, un espacio donde me siento cómodo, y aunque cada vez hay más fotógrafos que se animan a acercarse a las diseñadoras, todavía hay hueco para quien quiera construir algo desde el respeto mutuo.
Ahora bien, que esto sea un hobby no significa que acepte cualquier cosa.
Cuando me han pedido trabajos que no me interesan, como bodas o comuniones, doy un precio que cubre bien mi tiempo, mis gastos y mis impuestos. No al nivel de los grandes fotógrafos de zona que se dedican a ello en serio, pero sí un precio que tiene dos lecturas: o me dicen que no, que también está bien, o me dicen que sí y entonces tiene que compensar de verdad. Porque como suelo decir, las fotos las hago gratis; lo que te cobro son las horas que no estoy con mis hijos.
La fotografía también me ha dado algo que no esperaba: conocer a personas interesantes, aprender de ellas, entender mundos que de otra forma no hubiera rozado. Pero como todo, tiene sus sinsabores.
Entre fotógrafos, los celos existen más de lo que se reconoce. He tenido experiencias en las que, sin discusiones ni enfrentamientos, simplemente hice fotos y algunos no supieron gestionar sus egos. Sin más. Muchos de ellos siguen siendo mejores fotógrafos que yo, y no lo discuto. Pero mi ego fotográfico está a la cola de mis prioridades.
No hago esto para exponerme ni para que me juzguen. Lo hago para mí. Para disfrutarlo. Y cuando algo deja de tener ese componente, simplemente lo dejo pasar, porque no tengo tiempo para los sinsabores ajenos ni para las frustraciones que otros no saben gestionar.
Al final, me quedo con una frase que llevo tiempo haciendo mía, adaptada de un escrito de Manolo Chinato y popularizada por Extremoduro:
Ama, ama, ama, y ensancha el alma.
Eso es, básicamente, lo que intento hacer cada vez que aprieto el disparador.
Abel Cerezo — abelcerezo.com